Dentro de unos días volveré a Valencia a
reincorporarme a mis rutinas de entrenamiento con el agobio de la humedad.
Durante este mes y medio concentrada en el casi idílico paisaje soriano he
reaprendido muchas cosas sobre la maratón. Es la quinta que entreno y siempre
confiando que es MI maratón, MI año, MI marca. Tal vez sea someterse a mucha
presión pero es una distancia y un objetivo treméndamente egoista, no deja otra
opción que rendirse ante sus 42.195m y reconocer que es ella la que te tiene a
ti en propiedad y todos tus esfuerzos son simplemente para rendirle tributo.
![]() |
En la pista de Soria (Estadio de los Pajaritos) tras unas buenas series |
Estos más de 40 días han servido para
reconocer que el cuerpo tiene una fuerza sobrecogedora, unas tragaderas, por
así decirlo, que parecen no tener fin. Que si metes kilómetros, pedirá más, y
si metes calidad, demandará otro tanto. Pero que la mente es frágil y que hay
que tener cuidado en no sucumbir al desánimo. Un día es igual al siguiente y al
otro. Los principios son ilusionantes pero toca seguir con el mismo ánimo semana
tras semana y eso es lo que afortunadamente he podido conseguir sin
prácticamente altibajos.
Otro pilar fundamental, la alimentación.
Gracias a mi médico nutricionista Diego García Saiz he podido aguantar y
asimilar grandes cargas de entrenamiento por terrenos exigentes y he tenido que
aumentar aportes de hidratos y proteínas al considerar que el peso iba
decreciendo a demasiada velocidad.
![]() |
Acabando un largo por la Junta de los ríos |
La compañía que me ha brindado Soria,
aunque fuera en sólo determinados días (por ajustes de horarios, planes de
entrenamiento, siempre es complicado cuadrar) es otra de las cosas que voy a
echar en falta. He podido hacer varios rodajes con gente increible, de las que
el atletismo puede estar bien orgulloso, como Abel Antón (que fue mi entrenador
durante varios años), con sus consejos espectaculares, y con otros amigos de
por aquí.
![]() |
Con Narciso, Abel y Raul poco antes de rodar por Valonsadero |
El paisaje ha ido maravillándome cada
día, la tranquilidad de sus bosques y prados, son, para el fondista, un regalo.
Es el entrenamiento en silencio lo que te enseña a correr y mejorar día a día,
sin más pretensiones que mostrarte a ti mismo lo que vales y lo que puedes
llegar a alcanzar. No es necesario nada más, sin alardes, sin grandes
aspiraciones, marcándote el camino de un objetivo realista.
En esto aprendí, por tanto, que el
cuerpo es fuerte si lo cuidas, que la mente puede ser tricionera y también tu
más fiel aliada; que el fondista es solitario en esencia pero los consejos son
para escucharlos y para compartirlos en determinadas ocasiones. Nada nuevo
realmente, pero viene bien desconectar un tiempo para volver a interiorizar
cuán duro es preparar una maratón, pero cuán placentero al fin y al cabo.